Entre hilos
La unión entre Sebago y St. Johns, narrada por Rhys Moore
Desde 1946, Bay Rum de St. Johns, una fragancia nacida en una isla caribeña con la idea de un oficial de la Armada estadounidense, se inspira en su rico patrimonio cultural, al igual que Sebago. Década tras década, ambos se han convertido en pilares del universo del caballero exigente: aún más relevantes en una era en la que la propia noción de masculinidad se redefine constantemente.
NINGÚN HOMBRE ES UNA ISLA,
BAY RUM ES OTRA HISTORIA
Imagine un mundo en el que no pueda disfrutar de un cóctel en la comodidad del salón, o mimarse la piel con un aftershave. Este es el sombrío escenario en el que podría haberse encontrado un ciudadano estadounidense durante la era de la Ley Seca en los años 20. Entre las muchas rarezas dignas de relato de aquellos tiempos (como el hecho de que James Vincenzo Capone, hermano mayor del gánster Al, fuera un célebre agente en la lucha contra el contrabando de alcohol) destaca una que se remonta a una antigua tradición de las Islas Vírgenes. Ese es el bay rum, la loción, no debe confundirse (como hicieron los agentes de la Ley Seca) con el ron alcohólico, partiendo de la idea de que unos estadounidenses privados de alcohol se conformarían con cualquiera de los dos.
El bay r um debe sus orígenes (y su nombre) a la isla de St. John en las Islas Vírgenes de Estados Unidos, cuyos ricos recursos naturales y su cultura dieron forma a su historia. Todo comenzó a principios del siglo XIX, alrededor de 1838, cuando el químico danés Albert Heinrich Riise llegó a las Islas Vírgenes. Riise descubrió que los nativos habían mezclado el ron con los aceites extraídos de las hojas del laurel local, conocidas científicamente como Pimenta racemosa, como remedio para las quemaduras solares, el dolor muscular, la fiebre y los dolores de cabeza. Al refinar el proceso de destilación, perfeccionó esta mezcla, que produce lo que se conoce como bay rum, un tónico aromático que ganó fama en todo el mundo y premios en exposiciones internacionales a finales del siglo XIX.
La isla de St. John, con su clima ideal y su rico suelo para el cultivo del laurel, se convirtió en productora principal de aceite de hoja de laurel, un ingrediente esencial del bay rum. Se crearon grandes plantaciones para cultivar los laureles, incluida la Danish Plantation Company a principios del siglo XIX. Esto hizo que la producción del bay rum se convirtiera en un sector local importante, así como la exportación a islas vecinas como St. Thomas. Con su puerto principal y un centro comercial, la isla era el lugar donde se destilaba y envasaba el aceite de hoja de laurel en botellas para exportar a Europa, Sudamérica, Estados Unidos y el Caribe.
Más adelante, con la Ley Seca, todo se detuvo, con un gran decrecimiento para todo el sector del bay rum. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los buques de carga estadounidenses se utilizaban para fines militares, y las exportaciones se vieron afectadas de nuevo.
UN NUEVO TEJIDO
A medida que el conflicto se acercaba a su esperado final, daba comienzo el capítulo moderno del bay rum de St. Johns. El oficial de la Armada de los Estados Unidos John Webb estaba destinado en las Islas Vírgenes, y allí desarrolló una fascinación por el histórico sector de la loción bay rum y sus usos para la salud y la cosmética. En 1946, Webb fundó la empresa The West Indies Bay Company para revivir el producto clásico que había pasado por una época
difícil. El oficial de la Armada no solo creó la fragancia, que combina el aceite de hoja de laurel con especias exóticas caribeñas, sino también el envase, con frascos envueltos a mano por artesanos con ramas de palmeras en tejidas al estilo «Fishpot Weave®».
Este frasco reflejaba la artesanía local y ayudó a la marca a destacar en el mercado de EE. UU. y en las páginas de las revistas de caballeros. La marca St. Johns Bay Rum de Webb pronto se extendió a las principales ciudades de los Estados Unidos y a las facultades universitarias, y se convirtió en un símbolo de la posguerra exótica, junto con el auge cócteles tiki y los ritmos tropicales, alineados con la fascinación por el Caribe típica de la época.
Con esta identidad distintiva en mente, nuestras fórmulas clásicas de fragancias se han mantenido prácticamente inalteradas durante 80 años. Bay Rum sigue siendo tan potente y especiada como su primera versión, y la lima de las Indias Occidentales mantiene su matiz brillante y vibrante.
Y no ha habido cambios en el característico tejido «FishPot» que ha definido los frascos del Bay Rum de St. Johns desde la década de 1940. Nació en la apasionada imaginación del capitán Webb, mientras observaba a los pescadores locales tejiendo cestas con hojas de las palmeras nativas de la isla. Gracias a la forma en que los tejidos de hojas dejaban que el agua fluyese, a la vez que atrapaban los peces, estas cestas se empleaban para recoger pescado en alta mar. Webb se enamoró de la estética y pidió a un grupo de pescadores que tejiera el mismo motivo alrededor de su petaca. Y ahora tanto el frasco como el tejido son sellos inconfundibles de la marca St. Johns.
No obstante, algunas cosas han cambiado, para mejor. Algunos componentes clave, como el alcohol y el agua, han evolucionado desde la década de 1940, así como las estrictas directrices que rodean la creación de la mezcla de aceites. El alcohol ahora se desnaturaliza para la producción de fragancias y el agua se filtra, mide y prueba para el equilibrio del pH. En los orígenes de la historia de St. Johns, Bay Rum se elaboraba con agua pura de las Islas Vírgenes, por lo que se veía afectada por la lluvia, la sequía, la salinidad de la marea y los minerales naturales de los manantiales y los pozos. Esto a menudo creaba una ligera variación en el aroma y el tacto sobre la piel. En esencia, es lo que hacía que las colonias St. Johns fueran únicas, interesantes y excepcionales. Pasó a formar parte del halo de misterio de la marca de la isla exótica.
Un anuncio de Bay Rum de St. Johns de los años 60 proclamaba: «este es el aroma de un hombre». Puede que haya cambiado el texto publicitario (si para bien o para mal, eso queda a su criterio), pero lo que permanece intacto es el estilo de vida que encarnan los caballeros que eligen los aftershaves y colonias de St. Johns. Un estilo de vida decididamente masculino compartido por la comunidad Sebago, cuya devoción por rendir homenaje a la tradición y al legado también se encuentra en el corazón de la firma de fragancias nacida en el Caribe. Cada una de las dos marcas siempre ha encontrado su impulso e identidad en sus respectivos y característicos lugares de origen. Sebago, nacido en los escarpados paisajes de Nueva Inglaterra, continúa el espíritu náutico y de la Ivy League de su hogar, con sus icónicos Docksides y los mocasines cosidos a mano: diseños que han llegado para encarnar la durabilidad y la autenticidad. St. Johns preserva el legado isleño de la creación de fragancias Bay Rum, que combina recetas tradicionales con aromas que han definido generaciones de caballeros exigentes.
Identidades únicas, una atemporalidad compartida
Las siluetas de los Docksides y los mocasines Dan de Sebago, al igual que el diseño de estuche «Fishpot» de St Johns Bay Rum, evocan un paisaje panamericano de mediados de siglo, un territorio imaginario donde las playas bañadas por el sol de las Islas Vírgenes se funden con los exuberantes parques y las escenas lacustres de los campus de la Ivy League en Maine, donde los estudiantes vibran al ritmo del calipso y de otros compases caribeños cargados de congas. Algo tan meticulosamente arraigado en la historia que resurge hoy con una vigencia y una atemporalidad intactas. Esta riqueza cultural garantiza que los productos de ambas marcas se mantengan fieles a las historias y lugares que los inspiraron. Son antídotos contra el frenesí vacío de la vida moderna; antídotos impulsados por una artesanía incuestionable.
Ninguna de las dos marcas recurre a atajos. En su lugar, elevan la artesanía detrás de su trabajo, poniendo en valor la destreza y la dedicación que transforman las materias primas en creaciones que devuelven significado a la masculinidad. Este compromiso con la artesanía consolida a Sebago y St. Johns como marcas que preservan la tradición sin renunciar a su relevancia en un mundo en transformación constante, donde la idea de masculinidad se redefine de forma continua. Lo que no admite discusión, sin embargo, es que al elegir tanto Sebago como St, Johns se valora la sustancia por encima de la cultura del hype y de las tendencias. Juntos, Sebago y St. Johns, ejemplifican el encanto duradero de las marcas que se basan en la historia, la integridad y la devoción por la elegancia atemporal.
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